Tras una fría mañana de un sábado de mayo, luego de manejar más de una hora
y navegar unos siete minutos por el lago Christi, el sol imponente. La brisa y el
paisaje nos guiaron hacia uno de los lugares más hermosos que he visto en mis
25 años en la comuna de O'Higgins. A lo lejos divisé la casa, de donde se
asomaba tímidamente Elena de las Mercedes Beroiza Torres, una de las
pioneras cuya memoria encarna la resiliencia de las mujeres australes. Fue un
tremendo honor compartir un mate con ella mientras respondía mis preguntas, las
cuales se sintieron pequeñas ante tanta humildad y sabiduría.
Elena nació el 1 de enero de 1969 en el sector El Pirámide, al otro lado del límite,
cerca del puesto de Carabineros. Su parto fue atendido en pleno campo por su
abuela, Rosa Jara. Debido a la falta de testigos en ese rincón fronterizo, el
registro civil argentino se negó a inscribirla. “Los argentinos no me quisieron”,
manifiesta sonriéndose. Hija de Horacio Beroiza Guzmán, argentino, y de Luisa
de las Mercedes Torres Jara, chilena, Elena lleva en su sangre la historia viva de
la colonización. Sus abuelos maternos, Baldovino Torres, llegaron desde
Balmaceda para poblar el sector que actualmente se denomina Santa Rosa.
A los diez años, Elena llegó a lo que hoy es la comuna de O’Higgins habla con
nostalgia de un poblado que apenas nacía: “era chiquitito; estaba la casita de
Guinao, Forranca y la casa de Juan Miranda. Había una escuela y Carabineros”
recuerdo que esa escuela vieja se quemó. En su infancia, el aislamiento era
absolutamente un hecho del que poco se comentaba. El abastecimiento dependía
de Argentina, al punto que la vestimenta no se compraba, sino que se recibía
gracias al amparo y la buena voluntad de la gente del país vecino. Con el tiempo,
la llegada de nuevos pobladores permitió el ingreso de una lancha con víveres.
Al comparar las épocas, Elena reflexiona sobre los cambios drásticos en la
alimentación y la paradoja del progreso moderno. Antes la conservación de los
alimentos se hacía más fácil y la carne duraba hasta un mes. Hacíamos charque o
la ahumábamos. Siento que ahora no dura nada; debe ser por las inyecciones que
les ponen a los animales, pero se descompone más rápido, analiza con una
interrogante.
Esa soberanía material se correspondía con un profundo sentido de comunidad y
un valor humano que hoy añora. Los tiempos fueron difíciles, pero no había
envidia; nos ayudábamos unos a otros. Si yo no tenía pan, podía pedírselo a mi
vecina. En la convivencia éramos todos uno, relata con emoción. La unión es lo
que extraño de esos tiempos. Las diferencias no existían y éramos todos iguales.
Se compartían los alimentos con los vecinos, se hacían fiestas y venía la gente
desde el sector de Río Mayer para juntarnos todos.
La maternidad en la Patagonia de antaño también se vivía sin amparo estatal. Los
embarazos no eran controlados. Tuve cuatro hijos y de uno nunca me hice un
control médico; todos nacieron afuera. Los métodos anticonceptivos no llegaban,
no había, así que nos cuidábamos por la luna, comparte Elena. A pesar de la falta
de recursos, defiende la fortaleza del pasado: Ser mamá en esos tiempos era
mejor, ciento que no se enfermaban. Ahora nacen y vienen enfermos.
Sin embargo, el aislamiento cobraba facturas dolorosas. Cuando su hija enfermó
gravemente a los veinte días de nacida, Elena experimentó la crudeza de las
evacuaciones de emergencia hacia Coyhaique. La avioneta de la época solo ponía
espacio para el paciente debido a restricciones técnicas. ¿Cómo iba la bebé
sola?, le pregunté con asombro. Sí, la sacaban sola, el avión no permitía llevar
más gente, me respondió. La pequeña iba y volvía en vuelos solitarios, pero su
salud empeoraba de regreso, al punto de perder la movilidad de sus brazos y
piernas.
Ante el fracaso de la medicina oficial, el consejo de su madre y la geografía
fronteriza volvieron a trazar el destino. Cruzaron a caballo hacia Argentina,
llevando a la niña en un estado crítico, con rumbo a Piedra buena, en la provincia
de Santa Cruz. Allí, una renombrada curandera local diagnosticó un empacho
pasado. El tratamiento incluyó el uso de paico conocido en Argentina como yerba
del pollo combinando encierros térmicos en habitaciones selladas y baños en
fuentes de agua. Gracias a Dios se sanó y no le quedaron secuelas, recuerda con
profundo agradecimiento.
Ese hito transformó a Elena en guardiana de la salud de su propia comunidad. La
sanadora argentina le transmitió sus secretos y le enseñó las y maniobras de
curación. Empecé a curar niños de empacho en la villa. Eso es algo que le da a
grandes y chicos, provoca fiebre y decaimiento. Recuerdo haberles salvado la vida
a varios que hoy son adultos y cuyos papás aún pueden contar la historia, relata
con orgullo legítimo. Su fama como curandera traspasó los límites geopolíticos de
la cuenca: Todavía me piden que los cure, me visitan y me agradecen cuando
hago el remedio. Antiguamente venían incluso desde Argentina para que yo curara
a los niños de empacho.
La salud en la villa se gestionaba combinando esta fe con la sabiduría botánica de
la tierra: En caso de dolores y enfermedades usábamos cataplasmas; se usaba
barro, yuyos y esperma de vela. Para las quemaduras, aplicábamos el "polvo del
diablo", un hongo que salía en la villa. También el quiloy (ese pasto que sale como
maleza en el invernadero) era un yuyo que usábamos mucho. Cuando la gravedad
superaba el saber comunitario, la frontera seguía siendo la única vía de escape:
Cuando ocurría un accidente, teníamos que sacar a los enfermos hacia Argentina
a caballo. Ahora poco se empezó a ver que se trasladan en avión y ambulancia.
El encuentro concluyó, dejándome una profunda emoción. Las palabras de Elena
no solo describen el pasado, sino que resguardan la identidad de un territorio. Fue
un momento único, un testimonio de sacrificio que desde hoy atesoraré con total
reverencia en el corazón.


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